Es increíble el orgullo que siento al ser hincha de Boca. Realmente es increíble. Más allá de cualquier explicación, esto es tremendo, hace latir el corazón de manera descontrolada, te convierte en parte de un cielo azul, plagado de estrellas amarillas, como los colores de mi eterna casaca.
Y fíjense la diferencia: empaté de visitante, y tengamos en cuenta que no se permite el acceso a hinchas visitantes, para no tener inconvenientes 'innecesarios'. Sin embargo, Boca demostró una vez más que lo que provoca va más allá de cualquier asunto legal o entendible. La locura de la hinchada, que prendía las bengalas y alentaba con el corazón... ¡Y eso que iba perdiendo por 2-1! Todavía no había llegado el empate, pero esa hinchada aún así alentaba, y alentaba incondicional, como siempre a pesar del resultado. ¿Te das cuenta la diferencia? Los hinchas de River, los eternos emplumados, se atragantaban con ver a su equipo. Se mordían la lengua para no entonar el ya tradicional cántico de ellos, 'Jugadores, la c*ncha de su madre...'. Eso sí: concluido el partido, los hinchas que pudieron se arrimaron a la cancha para expresar su amargura con los jugadores, putearlos de triste manera. ¡Qué diferencia!
Es ahí en donde uno, inteligentemente, deja de comparar a estos dos equipos. Porque Boca no sólo es el más grande por títulos e historia, por la grandeza de sus ídolos, si no que también es el más grande por su hinchada, esa loca masa de locura enardecida que, pese al resultado del partido, sigue alentando, porque sabe claramente que lo importante, es transmitir el amor incondicional que siente por su club. Y ahí radica mi orgullo por ser bostero.
Porque Boca no sólo es el más campeón Internacional del mundo, ni el más campeón Intercontinental del país, ni el más popular del planeta según encuestas... Porque Boca también es su hinchada, que está ahí alentando. Y que seguirá estando. Siempre.