No me gusta matar las horas, sonreír si no soy feliz, convertirme tan sólo en un fantasma amante de todos, vendiéndole el alma al diablo.
No me gusta vivir así.
Así, como si no doliera, así, como si no estuviera
ahogándome en palabras mudas, con las manos duras de arañar la arena.
Partido en once mil pedazos, callándole la voz del alma a los dos, asumiéndome un caso perdido.